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.En la plaza, un niño con un bebé en brazos esperaba a que su madre regresara del trabajo.A veces, los cobardes se llenan de osadía como consecuencia de un nerviosismo exacerbado.Francisco pensó en su mujer, en sus seis hijos, en la carta que había mandado, en la muerte que estaba a punto de brotar en él.La voz de Inferninho ordenando que rezase un avemaria lo volvió lo bastante macho como para arrojarse sobre Inferninho con el fin de quitarle el revólver.El asesino lo esquivó y disparó una bala en la frente del trabajador.Descerrajó tres tiros más en aquel cuerpo que se sacudía convulso con el dolor de la muerte; se le reviraron los ojos, los brazos se agitaban.La sangre cayó por la frente.Inferninho sacó veinte cruzeiros del bolsillo del cadáver, cogió el reloj de pulsera, y bajó por un camino diferente de aquel por el que había subido.El niño que sostenía al bebé aprovechó para coger los zapatos de Francisco.—¿Queréis ver un fiambre? Pues no tenéis más que daros una vuelta por Allá Arriba.—¿En Allá Arriba? ¡Lo pintas como si fuera ir a ver a Jesús! —exclamó Inho.—Hasta conseguí algo de dinero y un reloj: ¡no ha estado nada mal! Ahora es mejor que nos escondamos, dentro de poco se presentará la pasma —aconsejó Inferninho yendo hacia la barra con la intención de tomarse un buen trago; tal vez la bebida disminuyese el ritmo de su corazón, lo sacase de la sombra del arrepentimiento y lo dejase sólo con la gloria de haber mandado a un chivato al otro barrio.Se bebió una copa de Cinzano con aguardiente, encendió un cigarrillo y se dispuso a pagar la cuenta.Los niños buscaban papel para liar un porro.Pelé y Pará disputaban la última ficha de billar.Carlinho Pretinho llegó diciendo que había un fiambre en Los Apês, fresquito.Había sido por el reparto de un botín.Uno de los ladrones quiso quedarse con la mayor parte por haber descubierto la casa y acabó muriendo a manos de su compañero.—Tenemos que escondernos, tío.¡Yo acabo de cargarme al chivato en Allá Arriba! —dijo Inferninho a Carlinho Pretinho.Cada uno siguió su destino.Inferninho pensó en ir a casa de Berenice.Estaba seguro de que ella lo calmaría, pero sería muy inoportuno presentarse allí a aquella hora.Decidió dormir en la casa nueva.Todas las tabernas del barrio cerraron sus puertas.En el puesto de policía, los soldados Jurandy y Margal dormían en el segundo piso.En la parte de abajo del puesto, el cabo Coello leía un libro de bolsillo: ATexas Kid vuelve para matar.En Los Apês, la madre del ladrón colocó siete velas alrededor del cuerpo de su hijo, le quitó la cadena de oro, de la que colgaba una imagen de san Jorge, rezó el padrenuestro, el avemaria, el credo, y cantó un himno a Ogún:Padre, padre Ogún,salve, Ogún de Umaitá.El venció las grandes guerras.Salve, saravá, en esta tierraal caballero de Ochalá.Salve, Ogún Tonam,salve, Ogún Meché,Ogún Delocó Quitamoró,Ogún eh…Fuera de allí, un chivato merece una paliza, pero en la favela merece morir.Nadie encendió velas por Francisco, sólo un perro le lamió la sangre endurecida de su rostro.Cuando amaneció esa lluviosa mañana, las personas que se dirigían al trabajo se acercaban a los cadáveres para ver si los conocían y seguían adelante.A eso de las nueve, Cabeça de Nós Todo, que había entrado de servicio a las siete y media, fue a ver el cadáver del ladrón.Al quitar la sábana que cubría el fiambre, concluyó: «Es un delincuente».El difunto tenía dos tatuajes; el del brazo izquierdo representaba una mujer con las piernas abiertas y los ojos cerrados; el de la derecha, san Jorge guerrero.Además, calzaba unas zapatillas de deporte con una cara de gato pintada, vestía pantalones ajustados y una camisa de hilo de colores, de esas que confeccionan los presidiarios.Sin embargo, cuando se dirigía hacia el extremo derecho de la plaza de la quadra Quince, a cada paso que le acercaba a la imagen del cuerpo de Francisco, en su corazón de policía fue creciendo un blando nerviosismo que se convirtió en una desesperación absoluta.Era el cadáver de un trabajador.El fuego del odio salió por todos sus poros bajo la forma de sudor helado.Sospechó que era paisano suyo.Y vio confirmada su sospecha, pues, al examinar el carné de identidad, comprobó que el fiambre era natural de Ceará.Se reavivó su rabia, se encendió la llama de la venganza.Hizo varias preguntas a la gente de las inmediaciones.Nada.Enfiló la Rua do Meio, dobló por detrás de la iglesia y cruzó el Ocio; se paraba en las esquinas donde había alguien, unas veces para hacer una requisa, otras para propinar una bofetada.Con los que salían a la carrera, la cosa estaba clara: si corrían era porque estaban en deuda.Aparecía en las esquinas como un cable pelado de alta tensión.Era los truenos de aquella lluvia, estremecía las plazas, se extendía por los callejones, era Cabeça de Nós Todo injuriado, dispuesto a vengar la muerte de un paisano.Cualquier maleante que le dirigiese la palabra moriría sin piedad [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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