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.¿Dónde está Alec? ¿Dónde está Hodge?Iglesia arqueó el lomo y maulló.Jace arrugó la nariz, algo que Clary podría haber encontrado mono en otras circunstancias.—¿Están en la biblioteca?Se puso en pie, e Iglesia se sacudió, trotó un corto tramo por el pasillo y volvió la cabeza por encima de la espalda.Jace siguió al felino como si fuera lo más natural del mundo, indicando con un gesto de la mano que Clary y Simon debían acompañarle.—No me gustan los gatos —se quejó Simon, con el hombro chocando contra el de Clary mientras maniobraban por el estrecho pasillo.—No es nada probable —indicó Jace—, conociendo a Iglesia, que a él le gustes tú.Pasaban por uno de los pasillos bordeados de dormitorios.Simon enarcó las cejas.—¿Cuánta gente vive aquí, exactamente?—Es un instituto —explicó Clary—.Un lugar donde los cazadores de sombras pueden alojarse cuando están en la ciudad.Como una especie de combinación entre un refugio seguro y un centro de investigación.—Pensaba que era una iglesia.—Está dentro de una iglesia.—Ya, como que ahora me lo has dejado más claro.La muchacha percibió el nerviosismo bajo su tono displicente y, en lugar de hacerle callar, alargó el brazo y le tomó la mano, enla­zando los dedos con los dedos helados de su amigo.Éste tenía la mano sudorosa, pero devolvió la presión con un apretón agradecido.—Sé que resulta raro —dijo ella en voz baja—, pero simplemen­te tienes que aceptarlo.Confía en mí.Los ojos oscuros de Simon estaban serios.—Confío en ti —afirmó—.No confío en él.Lanzó la mirada hacia Jace, que andaba unos cuantos pasos por delante de ellos, aparentemente conversando con el gato.Clary se preguntó de qué hablarían.¿Política? ¿Ópera? ¿El elevado precio del atún?—Bueno, prueba —repuso ella—.Justo ahora él es la mejor posi­bilidad que voy a tener de encontrar a mi madre.Un estremecimiento recorrió a Simon.—Este lugar no me da buena espina —musitó.Clary recordó cómo se había sentido al despertar allí esta maña­na; como si todo fuera a la vez desconocido y familiar.Era evidente que, para Simon, no existía nada de esa familiaridad, únicamente la sensación de lo extraño, lo desconocido y hostil.—No tienes que quedarte conmigo —dijo ella, aunque se había peleado con Jace en el metro por el derecho de mantener a Simon con ella, indicando que tras los tres días que había pasado vigilando a Luke, podría muy bien saber algo que pudiera serles útil una vez que tuvieran la oportunidad de desglosarlo en detalle.—Sí —respondió él—, debo hacerlo.Y le soltó la mano cuando giraron hacia una entrada y se encon­traron dentro de una cocina.Era enorme y, a diferencia del resto del Instituto, totalmente moderna, con encimeras de metal y anaqueles acristalados, que contenían hileras de piezas de loza.Junto a una co­cina roja de hierro colado estaba Isabelle, con una cuchara redonda en la mano y los cabellos oscuros sujetos en lo alto de la cabeza.Del puchero surgía vapor, y había ingredientes desperdigados por todas partes: tomates, ajos y cebollas picados, ristras de hierbas oscuras, montones de queso rallado, algunos cacahuetes pelados, un puñado de aceitunas y un pescado entero, cuyo ojo miraba vidrioso hacia lo alto.—Estoy haciendo sopa —anunció Isabelle, agitando la cuchara ante Jace—.¿Tienes hambre?Entonces echó una ojeada detrás de él, y su mirada oscura captó la presencia de Simon y Clary.—Ay, Dios mío —dijo en tono concluyente—.¿Has traído a otro mundi aquí? Hodge te matará.Simon carraspeó.—Me llamo Simon —dijo.Isabelle hizo como si no existiera.—JACE WAYLAND —exclamó—.Explícate.Jace miraba iracundo al gato.—¡Te dije que me llevaras hasta Alec! Traidor.Iglesia rodó sobre el lomo, ronroneando con satisfacción.—No culpes a Iglesia —repuso Isabelle—.No es culpa suya.Hod­ge te va a matar.—Volvió a hundir la cuchara en la olla.Clary se preguntó qué sabor tendría exactamente una sopa de ca­cahuetes, pescado, aceitunas y tomate.—Tuve que traerle —replicó Jace—.Isabelle., hoy he visto a dos de los hombres que mataron a mi padre.Los hombros de la muchacha se tensaron, pero cuando se dio la vuelta, parecía más alterada que sorprendida.—¿Supongo que él no es uno de ellos? —inquirió, apuntando a Simon con la cuchara.Ante la sorpresa de Clary, Simon no dijo nada.Estaba demasiado ocupado mirando fijamente a Isabelle, embelesado y boquiabierto.Por supuesto, comprendió Clary con una aguda punzada de irritación.Isabelle era exactamente el tipo de Simon: alta, sofisticada y hermosa.Bien pensado, quizás era el tipo de todo el mundo.Clary dejó de hacerse preguntas sobre la sopa de cacahuetes, pescado, aceitunas y tomate, y empezó a pensar en qué sucedería si vertía el contenido de la olla sobre la cabeza de Isabelle.—Desde luego que no —replicó Jace— ¿Crees que estaría vivo si lo fuera?Isabelle lanzó una mirada indiferente a Simon.—Supongo que no —contestó, dejando caer distraídamente un trozo de pescado al suelo, sobre el que Iglesia se arrojó con voracidad.—No me sorprende que nos trajera aquí —espetó Jace con indignación—.No puedo creer que hayas estado atiborrándolo de pescado otra vez.Se le ve claramente rechoncho.—No está rechoncho.Además, ninguno de vosotros come nunca nada.Conseguí esta receta de un duendecillo acuático en el mercado de Chelsea.Dijo que era deliciosa.—Si supieras cocinar, a lo mejor yo comería —masculló Jace.Isabelle se quedó totalmente quieta, con la cuchara alzada en el aire de un modo amenazador [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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