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.All posada, sin ver a Scrope Purvis,esperaba para cruzar, muy erguida.Quien ha vivido en Westminster  Cuntos aos haca?.Ms de 20? percibeincluso en medio del trfico o el despertar de la noche, Clarissa estaba segura, unsilencio especial, o una solemnidad, una pausa indescriptible, un momento de suspenso.momento de suspenso (pero eso podra ser su corazón, afectado, decan, por la gripe)antes de las campanadas del Big Ben.Ya! Ya resonaban.Primero un aviso, musical;luego la hora, irrevocable.Los crculos de plomo se disolvieron en el aire.Qu tontossomos, pensó cuando cruzaba Victoria Street.Porque sólo el cielo sabe por qu laamamos tanto, por qu la vemos as, crendose, edificndose alrededor para luegoderrumbarse y recrearse a cada instante; pero hasta las ms harapientas, las msmiserables de esas mujeres sentadas en los portales (a beber su perdición) hacen lomismo; ella estaba convencida de que las leyes del Parlamento no pueden remediarlo,por esa misma razón: aman la vida.En los ojos de la gente, en el barullo, el trfago, elbullicio; en el bramido, el rugido, los carruajes, los automóviles, los autobuses, lasfurgonetas, los hombres anuncio que arrastran los pies y se contonean; las bandas demsica; los organillos; en el triunfo, el tintineo y la extraa altisonancia de algn avión enel cielo estaba lo que ella amaba: la vida; Londres; este instante de junio.Cómo llegó a suicidarse  se pregunta Laura , alguien capaz de escribir una frase as,capaz de sentir todo lo que contiene una frase semejante? Qu demonios le pasa a lagente? Reuniendo determinación, como si estuviese a punto de zambullirse en agua fra,Laura cierra el libro y lo deja encima de la mesilla.No le disgusta su hijo, no le disgusta sumarido.Se levantar y estar alegre.Por lo menos, piensa, no lee novelas de misterio ni novelas rosas.Por lo menos continamejorando su mente.Ahora mismo est leyendo a Virginia Woolf, toda su obra, libro porlibro: le fascina la idea de una mujer as, una mujer tan brillante, tan extraa, taninsondablemente melancólica; una mujer que posea genio y sin embargo se metió unapiedra en el bolsillo y se internó en un ro.A ella, Laura, le complace imaginar (es uno de los secretos ms celosamente guardados)que ella tambin posee una pizca de brillantez, justo un atisbo, aunque sabe queprobablemente la mayora de las personas que andan por ah abrigan similares sospechasoptimistas, curvadas como pupilos en su fuero interno, inconfesadas.Mientras empujacarritos por el supermercado o le arreglan el pelo en la peluquera, se pregunta si lasdems mujeres no estn todas pensando lo mismo, en una medida u otra: he aqu elespritu ingenioso, la mujer de las tristezas, la de los jbilos trascendentes, que preferiraestar en otra parte, que ha accedido a efectuar tareas sencillas y esencialmente necias:examinar tomates, sentarse debajo de un secador, porque es su arte y su deber.Porque laguerra ha terminado, el mundo ha sobrevivido, y aqu estamos todas formando hogares,pariendo y criando hijos, creando no sólo libros o cuadros, sino todo un universo, un planetaordenado y armonioso donde los nios estn a salvo (si no felices) donde los hombres quehan visto horrores inconcebibles, que se han comportado bien y con bravura, vuelven al hogar de ventanas iluminadas, perfumes, platos y servilletas.Qu juerga.Qu Zambullida.Laura se levanta de la cama.Es una maana blanca y calurosa de Junio.Oye a su maridodeambulando abajo.Una tapadera de metal besa el borde de la cacerola.Coge su bata defelpa, de un color aguamarino claro, de la butaca recin tapizada y la butaca, achaparrada ygruesa, parece tener faldas, por su tela de color salmón, atada por el cordón y botones delmismo color en forma de diamante [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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